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¿Qué celebramos en la liturgia?

Celebración de la Eucaristia

En la liturgia celebramos el Misterio Pascual de Cristo que se realiza en la Eucaristía y en los demás sacramentos.

La expresión “El misterio de Cristo” empleada por san Pablo (Ef. 1,7-10) sintetiza toda la Historia de la Salvación. Se trata del misterio que permaneció escondido por siglos, pero que revelado de muchas maneras en el A.T., se cumple plenamente en Jesucristo.

Los primeros cristianos celebraban lo que se les anunciaba en el kerigma: el acontecimiento Jesucristo en la “pascua semanal” de su muerte y su resurrección. La Iglesia, en su liturgia continúa hoy celebrando ese mismo acontecimiento que es la síntesis de toda la Historia de la Salvación.

El “misterio de Cristo” es, ante todo, un “memorial”

Recuerda que el mismo Señor mandó a sus discípulos celebrarlo en “conmemoración suya”: “hagan ésto en memoria mía”.

Recuerda que “memorial” es la presencia y la eficacia actual de lo conmemorado; que “conmemorando” los acontecimientos del pasado de la Historia de la Salvación, los hacemos hoy realmente presentes y eficaces en la vida de la comunidad congregada para celebrar su fe.

Recuerda, igualmente, que la liturgia es una acción en la que se actualiza un acontecimiento salvífico del pasado a través de signos y de símbolos. Al respecto, la Constitución Sacrosanctum Concilium nos dice que para realizar la obra de la salvación, Cristo está presente siempre en su Iglesia: está presente en el sacrificio de la Misa. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra porque, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos porque El mismo prometió: donde hay dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mt 18,20) (SC 7).

Celebracion de la Eucaristía

Primera parte: Actos preparatorios

Ambientación

Para comenzar bien la Misa es necesario asumir una actitud religiosa, de acuerdo con lo que va a celebrarse. Se trata, nada menos, que del acto central de todo el cristianismo, ya que la Eucaristía es “la cumbre hacia la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde proviene toda su fuerza” (SC10). Para conseguir esta actitud están puestos los Actos Preparatorios que, por ello, tienen enorme importancia. La ambientación se realiza con varios pasos.

Reunión de la comunidad

La Iglesia toda, representada por la comunidad donde se celebra la Misa, se congrega para rendir culto público y comunitario al Padre, por el Hijo y con la fuerza del Espíritu Santo. Esta reunión debe manifestar también la unión que existe entre los cristianos. Por ello conviene que estén todos juntos para que se sientan unidos, ojalá, cerca del altar y no dispersos por el templo.

Canto de entrada

La Misa es una fiesta, porque es celebración de la Pascua del Señor. La comunidad es consciente de ello y, por lo mismo, la acompaña con música y cantos en los que todos procuran participar. Esta conciencia de que es una fiesta se manifiesta desde el comienzo con el canto de entrada, el cual indica también que existe armonía entre los seguidores de Jesús.

Entrada del celebrante

En todo acto de la liturgia está presente Cristo. El es el principal celebrante. Pero El quiere hacerse visible por medio de la persona escogida para ello, que es el Obispo o el sacerdote. Sólo con esta presencia visible de Cristo, Cabeza de la Iglesia, la comunidad está completa. Después de que los fieles se han reunido, hace su entrada el secerdote, a quien se recibe de pies, como signo del respeto debido a Jesucristo a quien representa.

Saludo inicial

La Misa es una reunión religiosa de hermanos, en la que deben estar presentes las formas sociales. El que preside se presenta en forma cordial, saludando a los asistentes, como lo pide la buena educación. Las palabras que emplea están tomadas, en su mayoría, de las cartas de san Pablo cuando escribía a las distintas comunidades cristianas. En ellas la comunidad se desea mutuamente que Dios esté presente y actuante en cada uno, para recibir las riquezas de la celebración.

Acto penitencial

El acto penitencial que sigue al saludo es lo más importante de los actos Preparatorios. Allí se pueden distinguir:

La monición del presidente

El sacerdote llama la atención de la comunidad para hacerle ver la necesidad de la pureza espiritual requerida para celebrar la Eucaristía, para que reconozca sus faltas y, con humildad, pida perdón a Dios y a sus hermanos.

Actitud arrepentida de la comunidad

Los asistentes reconocen que son pecadores, necesitados de perdón. Lo hacen ante Dios, ante sí mismo, ante los santos y ante todos los demás. Esto se resume muy bien en el “Yo confieso”. A veces se emplean otras fórmulas del Acto Penitencial pero todas tienen el mismo sentido y la misma finalidad: que los fieles se sientan indignos de presentarse ante Dios y le pidan a El que los haga dignos de participar de los sagrados misterios. Esta actitud se refuerza con el triple grito (o canto): “Señor, ten piedad, Cristo ten piedad, Señor, ten piedad”.

Actitud de Dios ante la comunidad

El sacerdote, en nombre de Cristo y con su poder solicita la absolución y el perdón. La comunidad puede contar con que Dios perdona a todos los que se acercan a El con verdadero arrepentimiento. De este modo puede sentirse preparada para celebrar la Eucaristía.

Este acto penitencial no remplaza el sacramento de la penitencia. Por tanto, si alguno tiene conciencia de haber cometido un pecado mortal después de la última confesión bien hecha, no puede acercarse a comulgar. Debe antes buscar la absolución en el sacramento de la penitencia, que es el único medio ordinario que tenemos los cristianos para recuperar la amistad con Dios que se pierde con el pecado mortal.

Alabanza a Dios

Con la esperanza firme de que Dios la ha purificado de sus culpas y de que, por ello, tiene los labios puros, la comunidad alaba al Señor y le da gracias por medio del “Gloria a Dios en el cielo”. Este himno no se recita o se canta en los tiempos de penitencia (adviento y cuaresma).

Oración colecta

La seguridad de estar con Dios lleva a la comunidad a dirigirle sus peticiones en forma conjunta, como reunidos (“collecti”) en familia. Lo hace por medio de las fórmulas aprobadas por la legítima autoridad litúrgica. En esta oración se recogen las principales intenciones de acuerdo con las circunstancias (Fiestas, memorias de santos, tiempos esenciales, conmemoraciones de los difuntos...). Esta oración, dirigida en voz alta por el presidente, es asumida por toda la comunidad con el “Amén” que es asentimiento, plena unión de corazón.

Así terminan los Actos Preparatorios. Se realizan en breves momentos, pero cualquiera descubre su importancia, ya que van a dar la tónica para la Misa que entonces comienza.

Segunda parte: Liturgia de la Palabra

La Eucaristía, diálogo de Dios con los hombres

La Eucaristía, como los demás sacramentos, es un diálogo de Dios con los hombres. En la primera parte de este diálogo, Dios mismo toma la iniciativa. Por medio de la Sagrada Escritura nos va descubriendo sus planes, su voluntad, y la manera como nosotros podemos realizarlos. Frente a dicha palabra de Dios, el cristiano reflexiona, examina su vida y ve si corresponde o no a lo que Dios pide, que siempre es para su progreso. De acuerdo con ello, da su respuesta, promete, se estimula al bien y le pide a Dios lo que necesita para realizar el deseo divino. Este es el sentido de la “Liturgia de la palabra”: un diálogo de ideas, de criterios y de actitudes.

En ella se pueden distinguir ocho “momentos”, que no sólo son sucesivos, sino también complementarios, y en línea ascendente.

El orden que presentamos aquí es el que corresponde a los días domingos y a algunas fiestas que tienen tres lecturas. Los demás días sólo tienen dos lecturas.

Primera lectura

Fuera del tiempo de Pascua, esta primera Lectura está tomada del Antiguo Testamento. Allí Dios nos muestra las ideas, acontecimentos, llamadas hechas por El a su pueblo escogido y que tienen especial valor. Es verdad que el Antiguo Testamento fue superado por Cristo y su misterio salvador. Sin embargo, a la venida de Cristo no todo quedó abolido. Jesús mismo dijo: “No vine para abolir la ley y los profetas, sino a llevarlas a la plenitud”. Esa “ley” y esos “profetas” se nos presentan ahora con su valor perenne, para mover a los mismos sentimientos que causaron en el pueblo de Israel.

Notemos, sí, que el Antiguo Testamento, con todo su valor de palabra revelada, no es lo único ni lo principal de la Biblia, como a veces parecen enseñarlo algunas de las sectas protestantes. Por encima de él está la revelación traída por Cristo, que es la suprema revelación del Padre.

Salmo responsorial

A la primera Lectura sigue un salmo que es una invitación a que alabemos a Dios, como lo hizo el salmista, y a que saboreemos internamente el mensaje recibido en la primera lectura. La asamblea en pleno se une a esta alabanza por medio de una respuesta común que recoge el sentido general del salmo. Esta respuesta puede ser cantada, para mayor solemnidad.

Segunda lectura

Esta segunda Lectura, que es del NuevoTestamento, está tomada de alguna de las Cartas, de los Hechos de los Apóstoles, o del Apocalipsis. Presenta la experiencia de quienes experimentaron de cerca a Jesús y conocieron personalmente su modo de pensar, de actuar, de enfocar la vida. Enseña cuáles deben ser las disposiciones y condiciones para ser auténtico seguidor del Señor e hijo adoptivo de Dios. Es una palabra más alta que la Primera Lectura en cuanto que es la realización histórica de las promesas y anuncios hechos en el Antiguo Testamento. En ella se nos recuerda que la salvación nos viene sólo por la adhesión personal y alegre a la Persona de Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, y cómo debe ser ese seguimiento.

Las dos primeras lecturas y el salmo se escuchan y cantan estando todos sentados, para indicar la actitud de atención con que se recibe el mensaje divino dado por medio de sus enviados humanos.

Aleluya

Con el canto del Aleluya se quiere expresar la alegría por la palabra que se nos va a dar por el mismo Jesús, a través de la lectura del Evangelio. Se la entona de pie, para indicar la reverencia que tenemos hacia la Palabra y la disponibilidad para seguirla (para caminar según ella).

Evangelio

La lectura Evangélica (de alguno de los cuatro evangelistas) es la última y la más digna de las Lecturas. Es, nada menos, la misma Palabra encarnada, Cristo el Señor, quien allí nos habla. Ya no son intermediarios de Dios, sino el mismo Dios que nos interpela. Por esta especial dignidad, se la escucha de pies. Con esta actitud corporal se debe dar a enterder también que los fieles están listos a ponerse en camino para acogerla y realizarla.

Al finalizar las Lecturas, el lector recuerda a la Comunidad que lo que han escuchado no es palabra de los hombres, sino de Dios por medio de sus enviados (“Palabra de Dios”), o del mismo Jesucristo (“Palabra del Señor”), a lo cual res- ponde la asamblea glorificando a Cristo (“Gloria (o alabanza) a Tí, Señor Jesús”).

La homilía

El llamado de Dios no termina con las lecturas, sino que se prolonga en la homilía. Por medio de ella el ministro (sacerdote o diácono) explica los pasajes más difíciles y presenta el contexto en el cual se produjeron los mensajes. De este modo se ubica cada mensaje y los fieles captan con mayor facilidad lo que Dios quiere decir. Pero también la homilía aplica el mensaje a las circunstancias concretas de la asamblea presente. De este modo la palabra no queda como algo teórico, sino que se abren caminos para vivirla en el “hoy” y en “aquí” de cada uno, porque lo que Dios busca es que sus seguidores hagan actual y efectivo su plan de salvación.

Es bueno notar que la homilía como explicación y aplicación de la palabra a la vida concreta sólo tiene valor y fuerza si se hace en consonancia con toda la Iglesia, especialmente con los Obispos a quienes Dios ha colocado en ella como maestros de doctrina. Un sacerdote que enseña algo que estuviera en contraposición con ellos no estaría cumpliendo con su misión de ser cooperador providencial del orden episcopal, y su palabra no debería ser tomada como llamada de Dios.

El credo

Los domingos y fiestas importantes se recita el “Credo”, como respuesta de la comunidad al Señor que le ha hablado. Con el Credo queremos decir a Dios: “Estamos totalmente de acuerdo con tu mensaje; nos entregamos a Tí, y nos entregamos a tu Iglesia que prolonga tu obra en el mundo; nos damos totalmente al Padre celestial y a nuestro Hermano Mayor, Jesucristo; nos ponemos a merced del Espíritu Santo que habita entre nosotros. Queremos ser Iglesia y hacer Iglesia; estamos dispuestos a compartir con los demás, sin distingos; queremos el perdón, y lo damos; deseamos la vida eterna como término de la existencia, donde estaremos con los que han muerto en Cristo”. Con la palabra “creo” no sólo admitimos un conjunto de verdades, sino principalmente hacemos una entrega de todo lo que somos, a quien nos invita a participar de su vida. Creer no es sólo pensar; es, sobre todo, vivir intensamente a la luz del Evangelio. El credo es, entonces, la manifestación pública de que la comunidad asume las ideas, los mandatos y los criterios de Cristo como norma de su existencia.

Oración universal o de los fieles

Después del Credo (si no lo hay, después de la Homilía) se hace la Oración de los fieles. Es una plegaria de la familia de Dios que se interesa por todos y por todas sus necesidades. Se pide por la Iglesia de Dios y sus ministros; por los gobernantes, por las necesidades generales, por quienes participan en la Misa, por las intenciones más particulares. Es la muestra de la solidaridad fraternal de los cristianos y también de la convicción de que la mejor manera de hacerse escuchar por Dios es hablarle de los demás, antes que de uno mismo. Con esta oración se quiere decir a Dios que sólo con su especial ayuda es posible cumplir los compromisos hechos a la luz de los mensajes recibidos; por eso se la pedimos con humildad y confianza. Con la oración de los fieles termina la Liturgia de la palabra.

Tercera parte: Liturgia de la Eucaristía

La tercera parte de la Misa, llamada también Liturgia de la Eucaristía, es esencialmente acción de gracias, como la misma palabra lo indica. Aquí ya no están en diálogo las ideas, los criterios. Aquí entran en juego las personas y las realidades: El hombre presenta a Dios por lo que El es y por lo que El ha recibido, y Dios responde dándose con mayor abundancia, a fin de que el cristiano pueda conocerlo mejor, adorarlo más íntimamente, anunciarlo y servirlo siempre en forma ascendente.

En esta parte se pueden distinguir cinco elementos diferentes, como puede verse en el esquema general.

Presentación de ofrendas

En este primer momento la comunidad presenta a Dios lo que tiene. Con ello reconoce que Dios es el dador de todo bien, por lo cual es preciso estar agradecidos, y confesar con sencillez que El es el dueño y Señor de todo. Se ofrece pan y vino, lo mismo que algunos otros bienes como dinero, mercados para los pobres, etc. En este ofrecimiento hay todo un profundo simbolismo lleno de enseñanzas: el pan y el vino son como la síntesis del universo, puesto que allí están los seres inanimados (el sol, la lluvia, la fecundidad de la tierra, etc.), lo mismo que los adelantos técnicos conseguidos por el esfuerzo humano (el arado, los transportes, la electricidad, etc.) y todo lo demás que fué necesario para la elaboración del pan y del vino; pero, por sobre todo, allí se encuentra el hombre mismo representado en el trabajo inverido, que es parte de su ser. Todo ésto lo presenta la comunidad como homenaje a Dios para significar que quiere hacerse presente en forma integral, con su cuerpo y con su espíritu. Lo hace con una doble finalidad: la de agradecer lo que ha recibido, y la de solicitar a Dios se digne santificar esos dones, El, que es la misma santidad.

Es muy significativo que en este momento cada uno de los que van a comulgar en la Misa coloque su propia hostia en la patena. Con ello se está diciendo que cada uno desea hacerse presente en forma personal para ser consagrado y santificado por el poder divino, cuando esa hostia sea convertida en el Cuerpo del Señor.

Las oraciones que el celebrante principal recita mientras presenta las ofrendas están llenas de estas ideas y expresan esta intencionalidad.

Acto de purificación

A la presentación de las ofrendas (que aún no son el verdadero ofertorio) siguen unos actos de purificación: la incensación de las ofrendas y el lavado de las manos del presidente, acompañadas de oraciones en las que se piden que las ofrendas sean purificadas por Dios, para que puedan convertirsen en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que El haga a su ministro digno de representarlo.

También se ruega a la asamblea que acreciente su actitud de oración (“Orad, hermanos...”) porque el momento culminante de la Misa está ya cerca.

Pelgaria eucarística

La Plegaria Eucarística es la parte verdaderamente central de la tercera parte de la Misa. En ella se distinguen varios pasos:

Prefacio

El Prefacio es la “entrada” a la Plegaria Eucarística. Comienza con un diálogo entre el presidente y la asamblea en el cual se le invita a tener en alto el corazón (la mente y los sentimientos) y a dar gracias a Dios por sus grandes beneficios, especialmente los realizados por Cristo para la salvación. Algunos de ellos se enumeran de acuerdo con las circunstancias y las fiestas. Termina con una llamada a aclamar a Dios como el tres veces santo, en unión con el himno que cantan los ángeles en el cielo.

Nexo

El nexo es el entroque entre el Prefacio y la Plegaria Eucarística propiamente dicha. Es diferente según aquellos beneficios divinos en que se requiere insistir. Se pide a Dios que envíe su Espíritu para que El santifique las ofrendas y las convierta en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo muerto y resucitado. El sacerdote extiende sus manos sobre las ofrendas en un signo tradicional de consagración llamado la “epiclesis”.

Consagración

El sacerdote, gesto por gesto y palabra por palabra, realiza el mandato del Señor en la última cena “haced ésto en memoria mía”. El poder infinito de Dios, comprometido en este mandato, convierte el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado y glorioso. No es que la palabra o los gestos tengan un poder mágico. El sacerdote sólo cumple con la condición puesta por Jesús para hacerse presente hasta el final de los tiempos, en todos los altares, para ofrecer de nuevo para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El Cuerpo que se hace presente es el “entregado”; la Sangre es la “derramada”. Son la donación sin reservas, que luego van a darse para los discípulos de Jesús puedan también darse al Padre y entregar al servicio de los demás. Porque la Misa en su más hondo sentido es éso: compromiso, olvido de sí mismo para buscar al otro y los otros. Esta consagración hace presente, de nuevo, el sacrificio redentor de la Cruz. Es una conmemoración o “anamnesis” del pasado, del que saca su eficacia, para hacerse operante “hoy” y “aquí”, en busca de la Patria definitiva. Esto es lo que dice el sacerdote de inmediato.

Al final de la consagración el celebrante invita a los asistentes a que renueven la fe en estas realidades: “Este es el sacramento de nuestra fe”. La asamblea res- ponde que es consciente de estar participando en este acto sublime de redención: “Proclamamos tu muerte....”

Ofertorio

En el altar está ya presente Jesús, el Hijo de las complacencias del Padre, aquel a quien el Padre siempre escucha. Por medio del sacerdote se presenta ante Dios como ofrenda pura y digna. Este es el momento del verdadero ofertorio, el que por razón de quien se ofrece es merecedor de ser plenamente aceptado. Son unos brevísimos momentos, pero tal vez los más importantes de toda la Misa. Es una ofrenda que encabeza Jesús, pero que El presenta al Padre junto con toda la Iglesia, con toda la comunidad reunida, que va en fila detrás de su Hermano Mayor.

Peticiones

En estas circunstancias tan propicias, la comunidad dirige a Dios sus peticiones más apremiantes: ruega por toda la Iglesia, por quienes en ella representan a Cristo-Cabeza: el Papa, el Obispo local, los demás obispos, lo más directos responsables de la predicación del Evangelio, por todos los vivos, especialmente por quienes están presentes, por los difuntos, tanto los que creyeron en Cristo, como los que, sin haberlo conocido, siguieron los rectos mandatos de su conciencia. Es la oración eclesial por cuanto acontece en el mundo y en su historia, pero con una referencia final muy clara, al término de todo: al “más allá”, a la patria del cielo, donde se reunirá definitivamente la familia de los hijos de Dios, con Cristo y con los santos.

Doxología

La Plegaria Eucarística termina con una “doxología”, es decir, con un himno breve de alabanza a Dios-Padre, por Cristo y en la unidad del Espíritu Santo. Este himno, que debe ser pronunciado sólo por el celebrante principal y por los sacerdotes concelebrantes, recoge, en síntesis, toda la finalidad de la Eucaristía, que es rendir gloria al Señor por lo que El es en sí mismo y para nosotros, los humanos. A este himno se une toda la asamblea, llena de gozo, con el sonoro y expresivo Amén, el más solemne de toda la celebración.

Cuarta parte: Comunión

Comunión

Hasta ahora, la Iglesia ha estado dirigiéndose a Dios; en adelante Dios se dirige a la Iglesia por medio de la Comunión. También aquí encontramos varios elementos:

El Padre Nuestro

La comunidad reunida sabe que el Señor quiere entregarse a ella como alimento, y sabe que debe hacer una última preparación. No encuentra mejor manera que hacer suya la oración enseñada por el mismo Cristo, en la cual se solicita al Padre “el pan nuestro de cada día”, el pan material, pero sobre todo ese otro Pan sin el cual no se puede tener vida auténtica, según la expresión de Jesús: “Si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre, no tendrán vida”. Por eso se dice ahora el “padre nuestro”, que luego se amplía con otras peticiones, sobre todo relacionadas con el gran regalo de la paz.

La Paz

La comunidad es consciente de que no debe recibir la comunión si no está en paz con Dios y con los demás. Por eso la pide con una oración especial, ya que sólo puede provenir de lo alto. Luego el sacerdote la invita a que no se limiten a pedir esa paz, sino que la manifiesten con los vecinos. Es el abrazo de la paz, que debe ser signo de que perdonan a todos los que les hayan ofendido, de que quieren vivir como hermanos de los demás para formar con Cristo la unidad en el amor. La comunión supone unión previa de quienes la reciben y también es fuerza para acrecentarla.

A pesar de todo lo anterior, el cristiano no se siente digno de recibir al Señor, y le pide que con su poder logre esta dignidad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa ...”

Distribución de la Comunión

Con toda esta preparación, el sacerdote comulga y distribuye luego la comunión a los que se acercan. Al hacerlo, les recuerda que se trata de algo sagrado, nada menos que del mismo Cristo, y de algo que compromete, puesto que se da el Cuerpo “entregado” del Señor. El comulgante responde con un “Amén”. Con él afirma que es consciente de lo que hace y de las concecuencias que ello implica. Este “Amén” debe tener este sentido: Sí, yo sé que en la hostia consagrada recibo la Vida, porque quiero vivir, yo sé que es la Vida es para crecer; pero también me comprometo a comunicarla a otros. El “Amén” de la comunión es la promesa sincera de ser apóstol generoso; es empeñarle a Jesús la palabra de ir por el mundo como El lo hizo: Sembrando el bien y haciendo el bien, sobre todo a los más necesitados. Una comunión egoísta es un contrasentido.

La comunión puede recibirse en la boca o en las manos. Si se prefiere en las manos, recuerda lo dicho en el Módulo 6.2. pag. 13:

“Cuando avances a comulgar no alargues los brazos ni encojas los dedos. Ténlos cerca de tu corazón. La mano izquierda sobre la derecha. Haz de tu mano izquierda un trono para el Rey. La mano derecha va acogerlo a El. Acoge el Cuerpo de Cristo en tu mano en forma de una cuna. Responde amén y con la mano derecha llevalo a tu boca” (San Cirilo de Jerusalén).

Quinta parte: Acción de gracias

La Misa termina con una acción de gracias por todo lo recibido en ella. La Acción de Gracias se la hace en dos momentos: uno en silencio, para propiciar un diálogo personal e íntimo con Jesús, (todos en la asamblea están sentados en señal de profundo recogimiento y adoración) y el otro, (todos de pies) con una oración pronunciada por el presidente en nombre de todos. Allí se pide que lo recibido produzca muchos frutos y sea preparación para la gloria eterna.

Despedida

Terminada la celebración propiamente dicha, el sacerdote se despide en forma semejante a como comenzó: en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo hace con la bendición final, que condensa los mejores deseos de que con la presencia y ayuda divinas, el regreso a la vida ordinaria sea de mayor concordancia con el plan de Dios.

Cierra estos deseos anhelando la paz a todos y a cada uno; una paz que no es conformismo, sino fuerza dinámica, para hacer que el Reinado de Dios venga al interior de cada uno y a todos los ambientes. Este “podéis ir en paz” es todo un programa, un estímulo a la generosidad y a la constancia. Es la palabra con la que el Señor dice: Ahora comienza la Misa de ustedes en el hogar, en la oficina, en el estudio. Vayan a celebrarla bien, como preparación a la próxima Eucaristía en la cual habrá mucho para ofrecer y nuevo entusiasmo para recibir.

Por último, se tiene un canto final o “de salida”, que debe ser expresión de júbilo y signo de que se ha acrecentado la unidad entre quienes compartieron el mismo mensaje y fortalecieron su unión con Jesús.

Liturgia

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Actualizado: 5/14/04- webmaster