LA POLEMICA
Manuel José Jiménez R., Pbro.
Nuevamente se encendió la polémica acerca de la clase de religión en los colegios, considerada por la Ley General de Educación como un área del conocimiento y del saber obligatoria (para la institución) y fundamental. Están aquellos que piensan que esto es una intromisión de la Iglesia Católica (no dicen ni siquiera de las iglesias o de las religiones) en el Estado y sus asuntos, convirtiéndose así en un atentado a la libertad religiosa y de cultos, llegando incluso a convertir a Colombia de nuevo en Estado confesional, poco o nada democrático y respetuoso de las diferencias. O aquellos para quienes la religión, no sólo como estudio académico, no le sirve para nada al estudiante, sino a la sociedad en su globalidad. También se encuentran aquellos que miran su obligatoriedad como una acción bien difícil de realizar en la práctica, pues implica para los colegios conseguir tantos profesores de religión, como estudiantes deseosos de aprender la religión a la que ellos pertenecen. Igualmente, encontramos los que echan campanas al vuelo porque piensan que a través de esto se van a recuperar los valores y las tradiciones perdidas. En fin, posiciones bien encontradas y contrapuestas, que reflejan miradas marcadas más por la ideología, que por la pedagogía. Y cuando decimos ideología hablamos de horizontes, de puntos de vista, sectarios y prejuiciosos frente a la posición de otro. Y esto cabe tanto por parte de muchos de los defienden y sostienen posturas confesionales, como de muchos de los que se paran en miradas laicas. Razón por la cual se deja de lado la cuestión pedagógica acerca del área, y la polémica gira en torno a posiciones particularistas y, digámoslo, hasta fanáticas.
Cuando decimos pensar el área desde la pedagogía, invitamos a pensar en la pertinencia de la misma en relación con la formación integral de la persona y el desarrollo de nuestras sociedades. Es decir, el área de religión, en la confesión o religión que sea, ha de preguntarse por valencia educativa, común para todos, independientemente de la pertenencia religiosa. De otra manera, con toda razón se preguntan muchos, el volver obligatoria el estudio de la religión de un modo confesional e incluso confesante ¿no es un modo de hacer política por parte de las iglesias o confesiones? ¿No es un modo de hacer política por parte de los gobiernos y el Estado? En otros términos, el área de religión, como cualquier otra área del currículo y del plan de estudios, ha de justificar su presencia en la enseñanza escolar por razones y motivos meramente educativos y pedagógicos que, como lo dijimos, superan y trascienden la simple ideología. Y para ello, ha de quedar bien claro su aporte al alcance de los logros de la educación, expresados en términos de formación integral.
Para nosotros los católicos, todo lo anterior genera grandes y profundas inquietudes, muchas de las cuales tienen que ver con nuestro modo de ser la Iglesia que Jesús quiere en la sociedad de hoy, plural, global, laica y democrática. Solo a modo de ejemplo, y para ayudar a la comprensión de la presencia de la religión en los colegios por medio de un área del currículo, señalemos algunas: ¿cómo garantizar desde el aula, la clase y los contenidos el principio de libertad religiosa, que ha de ser respetado incluso para los creyentes que participen del área? ¿Cómo formar docentes que garanticen una valida, seria, rigurosa y pertinente presencia de la religión en el colegio mediante esta clase? ¿Para el caso de los docentes de religión basta la buena voluntad, el haber tomado un curso de catequistas o ser un laico comprometido? ¿Pueden las parroquias y comunidades cristianas seguir excusándose y escondiéndose en la clase de religión para hacer y formar cristianos, relegando la responsabilidad de formar creyentes al colegio? ¿Cómo lograr que la clase de religión contribuya al diálogo interreligioso y ecuménico? ¿Cómo evaluar el área de modo que se evalúe como las demás áreas y deje de ser una simple costura y para muchos en una pérdida de tiempo? ¿Puede el área de religión por sí sola garantizarnos la formación del creyente? ¿Puede garantizar el área de religión que muchos que no son creyentes lo sean? ¿Puede garantizar el área de religión que muchos que se dicen creyentes dejen de serlo? ¿Cómo lograr que muchos de entre los no creyentes se interesen por el área y el estudio de la religión? ¿Cómo evitar que el área de religión se confunda con los espacios de formación sacramental? ¿Cómo articular el área de religión con las demás áreas, lográndose así un verdadero diálogo interdisciplinario? ¿Cómo mostrar que la presencia de la Iglesia en las escuelas y colegios no es una intromisión, o un privilegio más, o un abuso del poder? En síntesis, y valiéndonos de la enseñanza de la Iglesia acerca de la educación religiosa escolar, todas las preguntas giran en torno a la siguiente: ¿cómo hacer del área un área escolar equiparable a las demás áreas del conocimiento y del saber?.
Estamos convencidos que la controversia apenas inicia. Ojala ello permita a que en la Iglesia nos dejemos de supuestos y comencemos, tanto en los planes de pastoral, como en la formación de los docentes, discutir seriamente la validez educativa de la clase de religión. Lo que ha de llevar a que incluso nuestro discurso sobre ella trascienda lo jurídico (lo exige la ley) y lo sociológico (somos mayoría), y se centre en lo pedagógico. Y esperamos que la clase de religión no nos haga olvidar que la tarea de hacer cristianos es de los cristianos, de modo tal que las parroquias y comunidades de fe no dejen de lado la catequesis, ni se plieguen al área esperando de ella lo que nosotros no queremos hacer. Lo que esperamos es que la clase de religión no alimente aún más nuestra irresponsabilidad y ligereza frente a la catequesis y sus tareas.
