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OTRA MANERA DE PENSAR ¿ES POSIBLE?

Manuel José Jiménez R.

Nos hemos acostumbrado a ver ciertas cosas en la catequesis como algo natural. Y cuando decimos natural, hablamos de cosas que siempre ha sido así y que no pueden ser de otra manera. Una de ellas es identificar la catequesis con momentos ligados a las edades de la vida, y no a los procesos de crecimiento en la fe. Es habitual entre nosotros ligar de modo espontáneo y natural bautismo a niños recién nacidos, primera comunión a niños de 8 o más años, y la confirmación a los adolescentes.

Así creemos que los sacramentos y su recepción corresponden a determinadas edades de la vida. Pero valdría la pena que nos preguntáramos si de hecho eso es así algo natural, si esta manera de pensar corresponde a la teología sacramental, y a la concepción misma de catequesis.

Aunque suene un poco extraño y en contravía de lo común, la catequesis responde a procesos de fe en primer lugar, y no a las edades de la vida. Lo mismo los sacramentos. Acompaña al creyente en su camino de fe independientemente de la edad que tengan. Con mayor razón si entendemos que la catequesis es consecuencia del anuncio misionero eficaz, y acoge la conversión inicial para fundarla y estructurarla. No es necesario tener determinada edad para llegar a determinada catequesis. Se necesita es el deseo y la motivación de ser cristianos, para ser iniciados en la fe de la Iglesia.

El ligar la catequesis presacramentales a determinadas edades de la vida correspondió a determinados contextos culturales y eclesiales, que ya no son más los nuestros. En otras épocas, en la que se suponía el hecho cristiano, se daba por descontado, y no le dábamos tanta importancia a la acción misionera como hoy, ese principio era válido y, si cabe, hasta suficiente. Ahora este principio habría que revisarlo y en profundidad. No solo porque el contexto hoy día sea otro, sino porque no es respetuoso ni de la teología sacramental ni de la misma catequesis. Uno y otros piden es procesos de fe, conversión a Cristo, vínculos comunitarios, más que la edad que hemos predeterminado para caso. Pues así se tenga la edad, pero no la fe, ni la conversión, ni el propósito de seguir a cristo, ni ningún vinculo comunitario, la acción que se necesita es la misionera, para suscitar cada una de estas condiciones para la catequesis, y no la catequesis propiamente dicha.

Con ello no negamos la catequesis de niños, ni de adolescentes y jóvenes. Tampoco queremos decir que la única catequesis válida sea la de los adultos. Afirmamos que en ambos casos se necesitan son procesos auténticos de iniciación, más que llegar o tener determinadas edades.

Consecuencia de dicho modo de pensar, ligar de modo natural la catequesis presacramentales a determinadas edades, no solo ha infantilizado la catequesis, sino que además alimenta de modo recurrente el modo social y tradicional de celebrar los sacramentos. Poco relacionados con procesos de fe y con poco o nulo vinculo comunitario. También llevar a pensar de modo equivocado a creer que, en este caso, todos los niños deben ser bautizados, todos los niños deben hacer la primera comunión. Desde el llamado de Jesús a anunciar el Evangelio a toda criatura, todos si. Pero desde las motivaciones sociales que acompañan aún a muchos, no. El cristianismo tiene que recuperar que la religión, como todas las opciones de fondo, son eso precisamente, opciones libres, respuestas libres. Para el caso nuestro, producto del anuncio del Evangelio. No son por lo mismo ni mera costumbre, ni simple tradición.

El pensar de este modo nos impide ver la importancia del catecumenado en todas las edades, pero particularmente en los adultos. Muchos adultos se avergüenzan porque no han sido bautizados, o porque no han hecho la primera comunión (ojala algún día dejemos de usar ese término, ligado también a determinada edad) o de no haberse confirmado. Lo que impide, para ellos y para nosotros ser mas conscientes de la novedad de la vida cristiana. Los sacramentos son vistos como momentos de paso ya superados, solo para los niños, pero que ni ayudan a crecer, ni crecen con uno. Lo normal sería no sentir vergüenza alguna, sino sentir la alegría del llamado a la fe. Por la vergüenza muchos adultos piden que hagamos estos sacramentos rapidito y en secreto. ¿Cuántos de nosotros ha conocido un catecúmeno adulto? ¿Cuántos de nosotros los hemos acompañado en su caminar? A lo mucho, hemos visto uno que otro bautismo de adultos en la noche de pascua.

Pero el problema va más allá. Se llega hasta el extremo de pensar que todos esos “ritos”, porque no son más que eso desde esta perspectiva, son cosas de niños y para niños, mientras se es niño. Ni siquiera porque hagamos realidad lo que dice el Evangelio acerca de hacernos como niños. Por el contrario, se infantiliza el cristianismo. Y a medida que pasa la vida se queda en una foto que con el tiempo no dice nada, ni significa nada, a no ser que se tenga un niño, y, para no ir en contra de la tradición y de la costumbre, haya que llevarlos al bautismo y a la primera comunión.

¿Será posible pensar de otra manera?

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Actualizado: 8/14/08- webmaster