EL GRAN AUSENTE
Manuel José Jiménez R.
Estamos en cuaresma. Ya en nuestras comunidades se habla de cambiar, de mejorar la vida, de corregir, de enderezar el sendero. Todos somos invitados de una u otra forma a ser mejores. Para tal efecto, muchas parroquias han elaborado tanto para el día de la ceniza como para acompañar la cuaresma, folletos, boletines, volantes. En todos ellos se nos recuerda la invitación al cambio, a la conversión. Pero lastimosamente, y hasta paradójicamente, en medio de este discurso, tan necesario e importante, falta por parte nuestra presentar las motivaciones de fondo que mueven a un cristiano a cambiar, a corregir, a mejorar, a superarse. El gran ausente en muchos de estos discursos no sólo es Cristo, sino el llamado cuaresmal a tomar en serio nuestro bautismo. Y decimos esto, así hayamos encontramos en varios de estos discursos y publicaciones la invocación de Dios como aquel que nos llama a ser felices, a ser mejores, a superarnos. Y es que viendo todo estos escritos y modos de hablar nuestros en cuaresma queda la impresión de un discurso muy ligero de la fe cristiana, próximo más bien a los talleres de autoestima y de crecimiento personal, propios de otros ámbitos, lugares y hasta religiones. En otras palabras, más cercanos a la lógica del pensamiento, que a la fe cristiana. Razón tenía un obispo hace algunos años cuando nos pregunto a un grupo de sacerdotes: ¿nuestra predicación y nuestra catequesis contienen elementos de la nueva era? Pero no la tenían muchos cuando decían que no.
Puede sonar algo extraña la reflexión que estamos haciendo, pero siempre hemos de preguntarnos por el saldo pedagógico de nuestras acciones. No es que ese tipo de discursos no sea educativo, y que no ayude al mejoramiento de la calidad de vida de muchas personas. Pero hemos de preguntarnos: ¿ayudan al crecimiento de la fe cristiana? ¿Favorecen el desarrollo de vínculos con la comunidad cristiana? Además, ¿qué sentido de fe cristiana estamos dando a través de estos mensajes? Pues en muchos de ellos, es como si redujéramos la fe cristiana a una serie de buenas costumbres y de comportamientos, pero no a un discipulado, y mucho menos al desarrollo de la fe bautismal. El propósito de la cuaresma en el Iglesia no es solo hacer buenas obras a modo de ciertos grupos sociales o culturales, es tomar en serio conciencia de nuestro bautismo, bautismo que es renovado en la noche de la vigilia pascual del sábado santo. No de otra manera la invitación de la Iglesia el día de la ceniza es bien claro: Conviértete y cree en el Evangelio. De ahí, que estemos convencidos que el cristianismo es mucho más que un manual de urbanidad o de buenas costumbres, sino que es la respuesta a Dios en la fe para ser discípulos de su Hijo Jesucristo en la Iglesia.
Algunos podrán replicar que este modo de hacer las cosas, presente en el discurso actual que acompaña nuestro modo de presentar la cuaresma, es una manera de adaptar el lenguaje a la cultura de hoy. Pero también hemos de pensar si esta válida búsqueda de adaptación, más que favorecer una auténtica toma de conciencia de lo que significa ser cristiano, la esté más bien desvirtuando, hasta el punto de perder el sentido profundo de señal de contradicción enseñado por el Evangelio. Por eso creemos, que en el respeto de una adecuada adaptación a las personas y a las culturas, hemos de retomar lo que dijo el Papa Juan Pablo II en el documento sobre los fieles laicos: Toda la educación en la fe del fiel laico se orienta a una mayor toma de conciencia de su condición de bautizado. Al olvidar esto, el anuncio gran ausente en este tiempo de cuaresma es el Misterio Pascual de Cristo y nuestra participación en El por el bautismo y los demás sacramentos. Grave cosa, si pensamos que ese anuncio es el anuncio de nuestra identidad, de nuestro ser. Y luego nos quejamos de que la sociedad de hoy ha secularizado las grandes celebraciones de nuestra fe, si somos nosotros los quienes desde el mismo modo de presentarlas y de educar en ellas ya las hemos secularizado y vaciado de sentido y de profundidad.
En esto tenemos que aprender de la historia y recordar que en el catecumenado antiguo la cuaresma era el tiempo más exigente de la preparación al bautismo. Para el caso nuestro, ha de convertirse en un tiempo fuerte para que los bautizados tomemos conciencia del bautismo recibido, ya no por recibir como en el caso del catecumenado de los origines. De lo contrario, lo repetimos, no solo estaremos aligerando nuestro anuncio, sino, y peor aún, desvirtuándolo. Pues es un hecho que hoy día tenemos cuaresma y semana santa secularizada, no sólo por los cambios de nuestro tiempo, sino también por culpa nuestra, por una adaptación de lenguaje mal entendida. Cuaresma y semana santa en la que los grandes ausentes son el anuncio del misterio pascual y nuestra participación en el. Pues no se trata solamente de ser mejores, o de cambiar ciertos hábitos de conducta social y de convivencia. Se trata de crecer en la fe en Cristo, de vivir con mayor radicalidad el bautismo recibido, de tomar conciencia de nuestra identidad. Puede ser que este modo de anuncio ligero llegue a muchos y los motive a decir que las cosas en la Iglesia están cambiando, pero fuera de un toque emotivo no lleve a nada más. Puede suceder que muchos de estos, y también nosotros, no renovemos el sacramento recibido en la noche de pascua. El cristiano no es solamente una persona que hace cosas buenas, y por un tiempo. El cristiano es un discípulo, es alguien que se ha adherido personal y conscientemente a la persona de Jesús. Cuidado pues con los anuncios exageradamente moralizantes de la fe cristiana, en ese intento último por saber la unidad entre fe y vida. La vida no es un campo de aplicación de la fe cristiana. La vida es lugar donde somos creyentes en Cristo. La vida es el lugar donde desarrollamos nuestro bautismo.
