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PERSPECTIVA MISIONERA DE LA ACCIÓN CON LAS FAMILIAS.

Manuel José Jiménez R.

Hasta el presente nuestra acción con los matrimonios y familias se limita a ciertos breves contactos, a modos de cursos o de encuentros con padres, con ocasión de la preparación a un sacramento, bautismo, eucaristía y matrimonio. Con contadas excepciones, que permiten mayor vínculo con la comunidad y mayor acompañamiento, como el favorecer que familias enteras o algunos miembros de las mismas participen en pequeñas comunidades o en movimientos especializados en el matrimonio y la familia. Lo que puede llevarnos a concluir que no hemos tomado en serio el hecho de que la sociedad de hoy es distinta (plural, secular, laica, democrática), que la familia de hoy no es lo mismo que antes (tanto que no se habla de familia sino de familias), así como de los problemas y limitaciones que encuentra hoy la familia para educar a sus hijos en la fe desde pequeños.

Esta nueva situación pide que consideremos y que asumamos la pastoral matrimonial y familiar desde una perspectiva más misionera. Pero no solo el contexto lo pide. También lo exige la misma identidad de la familia cristiana, que ha de ser evangelizada y evangelizadora. Y esto es lo que algunos llaman "pastoral familiar en misión". Pues de lo que se trata es de asumir en este caso de la familia y de la educación en ella de los hijos a la fe, el primer anuncio del evangelio como el horizonte de nuestra acción hoy día.

La exigencia misionera de la pastoral matrimonial y familiar lleva a profundizar y considerar en la realidad social de la familia en su conjunto. Es decir, que parte no de la familia idealmente constituida, sino de la realidad familiar y sus dificultades. Más aún, que invita a considerar la cultura de hoy, en la que la familia es mirada con sospecha, acusada de obstáculo para la realización humana, en donde crece un rechazo y desinterés a la familia fundada en el sacramento del matrimonio. A lo que se suma la mentalidad divorcista y antivida existentes. Incluso no falta quienes llegan a profetizar su desaparición, por lo menos en sus modos más tradicionales, y la aparición de otros nuevos modelos. Todo lo cual pone en juego la "credibilidad", y no solo cristiana, sino también humana, del matrimonio y la familia. Pues no solo afecta lo cristiano del matrimonio y la familia, sino que ahonda más la crisis de la familia al afectar lo humano que ella contiene. Si bien estas divisiones entre lo humano y lo cristiano no son tan precisas, muestran el problema más amplio de la pastoral del matrimonio y la familia, pues nos abren a lo cultural, a las mentalidades existentes, lo que exigen al mismo tiempo una acción misionera en orden a dialogar y a transformar dicha mentalidad, y ya no tan simple como en el pasado (pero que permanece inmóvil aún entre nosotros), ligada a lo presacramental. Razón por la cual caemos tan fácilmente en una simple casuística de quien puede o quien no puede recibir tal o cual sacramento, casuística que no nos deja ver el problema más de fondo al que nos vemos abocados: el de las mentalidades, el de la cultura. Que por lo demás nos impide llegar a muchas más familias, a muchos más jóvenes, a muchos más niños, y no solo a aquellos que acuden bajo el pretexto meramente presacramental.

Esto que señalamos, lo expresa el Cardenal Arzobispo de México en los siguientes términos: " Si miramos un poco hacia atrás, nos daremos cuenta de que la pastoral de la familia se vivía de forma tranquila, con muy poca contradicción por parte de una sociedad que vivía, por lo menos formalmente, según los principios de la moral cristiana. Por ello, hasta hace muy poco, la pastoral de la familia se centraba casi de modo exclusivo en tres grandes líneas: la preparación sacramental, la participación en movimientos de familia y de juventud y el trabajo con grupos marginados. Sin embargo, las nuevas situaciones requieren, y van a requerir cada vez más, de unas acciones pastorales que sin descuidar lo anterior refuercen las principales áreas en las que la cultura presiona de modo militante a la familia".

En otras palabras, creemos nosotros, que la actual situación cultural exige de parte nuestra fortalecer (aunque a quizás sea mejor decir "realizar") lo que llamó el Papa Juan Pablo II en la "Familiaris Consortio" preparación remota y próxima. Es un hecho que las palabras del Papa, dado el ambiente cultural del momento, son de demasiada actualidad e importancia. Pues llaman a la Iglesia a un serio esfuerzo de dialogo con el mundo en orden a mostrar la credibilidad y dignidad humana y cristiana de la familia, así como a un mayor esfuerzo educativo, y no solo inicial para el caso de los niños y de los adolescentes, sino permanente para el caso de los adultos. Y dependiendo de las circunstancias y los ambientes, habría en ocasiones que fortalecer la educación en lo humano del matrimonio y la familia, como condición necesaria para la asunción de lo cristiano.

La perspectiva misionera nos lleva a ampliar pues la mirada, a dejar de mantenernos encerrados en esquemas que resultaban más bien "pacíficos" y suficientes en otros contextos, pero no en el de ahora. Incluso podríamos llegar a decir que son el matrimonio y la familia lo que está en riesgo y por lo mismo pasan por serias dificultades, ampliando aquí también la perspectiva y no ver únicamente como familias en riesgo a las que se encuentran en dificultades y próximas a la separación o al divorcio. Lo que queremos decir es que la Iglesia esta llamada a acompañar hoy día con su palabra y su acción educativa y evangelizadora al matrimonio y a la familia, como realidades humanas cuestionadas seriamente por la cultura del momento, sin dejar de lado, claro está, el acompañamiento de lo que se llama familias en dificultad.

Las palabras del arzobispo de México: "las nuevas situaciones requieren, y van a requerir cada vez más, de unas acciones pastorales que sin descuidar lo anterior refuercen las principales áreas en las que la cultura presiona de modo militante a la familia", se convierten para nosotros en un llamado de atención urgente a nuestras comunidades para discernir esas "áreas de la cultura" en las que de algún u otro modo podemos actuar e intervenir. Particularmente, en la medida que, como se dirá más adelante, se trabaje por hacer familias cristianas, son estas las que, asumiendo la preparación remota e inmediata de la que habla el Papa Juan Pablo I, por medio las acciones propias de evangelización que le son propias (despertar religioso y catequesis familiar) y con clara apertura a la comunidad, pondrán las bases de nuevas familias cristianas mediante la educación de cristianos. También habría que prestar atención especial al amplio mundo de la educación (formal e informal) donde la Iglesia llega con su palabra y acción, acompañando pastoralmente a los jóvenes, en la construcción de un claro proyecto de vida, en la que vocación al matrimonio y a la familia se construya sobre esta base. Capítulo aparte merece el participar en los de modo abierto y humilde, del debate propio de las sociedades democráticas, particularmente en los medios de comunicación social. En fin, la palabra de la Iglesia sobre la verdad humana y sobre la identidad cristiana de la familia, ha de seguir siendo dicha con claridad y fidelidad al mundo de hoy.

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Actualizado: 8/11/08- webmaster