El Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo no es el Dios terrible y castigador. Su justicia es ante todo la manifestación de su infinita misericordia con quien quiere volver a él después del destierro o secuestro del propio pecado.
El joven hijo aventurero, después de haber caído tan hondo, toma conciencia de estar lejos de la casa del padre y del falso encanto de su viaje por tierra extranjera. Se da cuenta de que se pasa mejor en la casa paterna, siente que ha perdido su condición de hijo por su actitud egoísta, vence el miedo de acercarse a su Padre y prepara su confesión: "Pequé contra el cielo y contra ti" (Lc 15,18).
Sin duda que Jesús en esta parábola nos quiso entregar el rostro misericordioso de su Padre. Cada rasgo de la personalidad de ese padre tiene una proyección de bondad, de ternura, de cercanía. Después de leer esta parábola puede uno acercarse al misterio del amor de Dios que entregó a su Hijo por nosotros: "la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8).
El padre ha llamado a sus dos hijos a la vida y ha trabajado para que ellos estén bien en casa. Es rico en bienes y es un hombre generoso con los suyos y con sus jornaleros a quienes da pan en abundancia. Tiene una paciencia que llama la atención porque no es común. Accede a la petición irreverente del hijo menor que no puede esperar a que su padre muera para poder comenzar a gastar la herencia, respeta la voluntad del hijo irresponsable y no lo obliga a quedarse en la casa a la fuerza. Aunque le duele en lo más profundo del corazón la salida de su hijo, sabe esperar. Entiende que el hijo tarde o temprano se va a convencer de que no hay como la casa propia y que algún día volverá. Por eso cuando se acerca el hijo perdido, lo ve de lejos y se emociona. Corre a acogerlo, lo abraza y lo besa efusivamente. El muchacho seguirá siempre siendo su hijo por eso inmediatamente lo integra a la vida de la casa y celebra el regreso con alegría y haciendo una gran fiesta.
También atiende al hijo mayor que quiere complicar las cosas y le suplica que entre a compartir el regocijo del retorno de su hermano, que no se quede afuera, pues lo que él quiere es ver a sus hijos reunidos y compartiendo juntos el calor del hogar.
El padre no se guarda nada para sí, no vive preocupado por sí mismo. Lo entrega todo para el bien de sus hijos. No hace reproches. Da un perdón incondicional. No reclama nada para sí porque su corazón está libre de egoísmo.
Podría afirmarse que en esa parábola Jesús nos dice: Este es mi Padre, así actúa, así es Él. Un Padre rico en misericordia por ser el Dios del Amor. Un Padre, que quiere a sus hijos libres para vivir en el amor, que sabe esperar, que se estremece ante nuestra miseria, que se compadece de nuestras desgracias, que está siempre dispuesto a la reconciliación y al perdón porque para Él nunca dejamos de ser sus hijos y que cuando regresamos a Él su corazón se llena de gozo: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (Lc 15, 7). El perdón para el Padre Dios es un nuevo nacimiento: "Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo por la gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 4-6).

En Cristo hemos sido reconciliados con el Padre
Quien escucha las palabras de Jesús y ve sus obras, conoce al Padre de los Cielos: "¿No crees, le responde Jesús a Felipe, que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras" (Jn 14,10).
Jesús revela el misterio del Padre y de su amor misericordioso. La misericordia divina en el Antiguo Testamento se expresa por medio de los términos hesed y rahamin. Hesed indica una actitud profunda de "bondad". Es el amor que es fiel a un compromiso interior y recíproco. Rahamin denota el amor de la madre, el vínculo más profundo originario que ella establece con la criatura de sus propias entrañas. Dios Padre ha permanecido fiel en su amor y en su promesa, a pesar de nuestra rebeldía y su amor procede de que en Él hemos sido llamados a una existencia feliz. Cristo mismo encarna la misericordia y la personifica. "Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente <visible> como Padre <rico en misericordia>" (DM 2 ).
La principal miseria de la criatura es el pecado que lo separa de Dios, por eso Cristo que se compadece de nuestras limitaciones, anuncia la Buena Noticia, enseña, cuida y guía como Buen Pastor a su rebaño, cura toda clase de dolencias y enfermedades (Cf. Mt 9,35), libera del poder de Satanás y busca a los pecadores. Y esto último le crea muchos problemas. "Los fariseos y escribas murmuraban, diciendo: <Éste acoge a los pecadores y come con ellos>" (Lc 15,2).
Él había venido a buscar las ovejas descarriadas porque no son los sanos los que requieren del médico, sino los enfermos. Él invitaba a acogerse a la bondad y a la misericordia de Dios diciendo: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso" (Mt 11,28). Cuando sufre en la cruz abre las puertas del paraíso a un ladrón e implora el perdón para sus enemigos: "Padre, perdónalos, no saben lo que hacen" (Lc 23,34).
Jesús veía a las gentes y se conmovía porque estaban extenuadas y abandonadas, <como ovejas que no tienen pastor>" (Mt 9,36).Él, Siervo de Yahvé, asume nuestros pecados. "A quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5,21).
La humanidad toda regresa en la persona de Cristo a la casa paterna. Él asume al hijo que tiene el dolor en su corazón porque se ha dejado hechizar por el deseo de una vida independiente y al hijo mayor, egoísta y celoso, que no sabe sino de méritos y reconocimientos. Él se acerca a la cruz tomando sobre sí todos nuestros dolores. En la pasión, crucifixión y muerte de Jesús se manifiesta el amor del Padre que en su Hijo nos acoge a todos y demuestra que el amor es más fuerte que la muerte. Este es el cordero inmolado cuyo sacrificio es grato a Dios porque ha cumplido la voluntad del Padre. "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 5,10).
"La cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consubstancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre; el encuentro del pecado y de la muerte" (DM 8).
Es el Padre quien ha tomado la iniciativa de reconciliarnos en su Hijo. "La reconciliación es principalmente un don del Padre celestial" (RP 5). Zacarías ante el nacimiento del Precursor profetizó y dijo: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79).
Hemos sido abrazados por el Padre Dios, acogidos nuevamente en la casa y vestidos con el traje de fiesta. Este es el sentido de la resurrección de Cristo, en quien hemos sido glorificados y quien nos ha abierto la gloria del cielo. En la Pascua queda sellada la Nueva Alianza y se nos comunica el Espíritu Divino que nos hace santos para Dios.
"La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad que viene de Dios. De este modo la redención comporta la revelación de su misericordia en su plenitud" (DM 7).

La reconciliación que lleva a la comunión
El hijo pródigo vuelve a casa de su padre, descubre su condición de hijo y se convierte él mismo en padre. El hijo heredero se convierte en sucesor. En el Hijo de Dios regresamos al Padre y Él nos acoge con el amor del Padre de los Cielos.
El padre en la parábola de San Lucas hace una fiesta para el hijo que ha regresado, mata el ternero cebado para que lo coma con sus amigos y ruega al hijo mayor para que se integre al banquete. El padre quiere la unidad familiar.
Cristo Jesús al morir por nosotros nos invitó a todos a participar de la mesa del Padre. La Eucaristía es el memorial de su Pascua. Los tiempos mesiánicos se caracterizan por la abundancia de alimentos y bebidas, servidos de manera gratuita (Is 25,6-9). La boda de los amigos en Caná de Galilea es el primer signo de la presencia del Reino de Dios, con la alegría del vino nuevo (Cf. Jn 2,1-11). Al final de los tiempos tendrá lugar el banquete feliz de las bodas del Cordero: "Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concebido vestirse de lino deslumbrante de blancura" (Ap. 19, 7-8). El amor vencerá y se establecerá el Reino de la vida, vendrán "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21,1). El banquete es comunión alegre de quienes se pueden sentar a la misma mesa y gozar de la generosidad del anfitrión celestial.
El pecado es rebeldía, desobediencia y orgullo que llevan a la confrontación, a la separación y que crea la división. Adán se esconde de Dios y culpa a Eva su mujer. Caín rompe con el asesinato fratricida la relación familiar de amor y de vida. La tierra se vuelve hostil para el hombre y las gentes que pretendían de manera soberbia construir una torre que llegara hasta el cielo terminan sin entenderse (Cf. Gn 3.4;11.1-9).
Por la redención de Cristo los que estabamos alejados de Dios, y en virtud de su sangre, estamos ahora cerca. Él es nuestra paz. "Por medio de la cruz, dando muerte en su persona a la hostilidad, Cristo Jesús reconcilió a los dos pueblos, haciéndolos un solo cuerpo. Vino y anunció la paz a vosotros, los lejanos, la paz a los cercanos. Ambos, con el mismo Espíritu y por medio de El, tenemos acceso al Padre" (Ef 2, 16-18).
La reconciliación con Dios es fortalecimiento de los vínculos que unen al hombre desde su interior con Dios, con sus hermanos y con la naturaleza. Jesús pide insistentemente a su Padre la unidad como don propio de los que crean en Él: "que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21). El Espíritu Santo que da Jesús es la fuerza de Dios que crea la unidad en el amor. Todos en el día de Pentecostés, aunque hablan lenguas distintas, escuchan y entienden el testimonio de los apóstoles (Cf. Hch 2,6).

Vocación de la Iglesia a la reconciliación y a la comunión
La Iglesia de Cristo está llamada al anuncio de la reconciliación que se ha obrado gracias a la misericordia que el Padre nos ha manifestado por medio de la oblación de su Hijo Jesús. La Iglesia es signo de comunión y de reconciliación. Ella es "en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).
La Iglesia "debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación" (DM 13) y, por esta razón, está llamada a crear la comunidad. Esta es la Buena Noticia que debe anunciar la Iglesia y procurar vivirla en su vida interior y en su misión en el mundo: "Que Dios es Padre Bueno que nos ama, que es Padre de Misericordia y que nos ha reconciliado por medio de su Hijo Jesucristo el Señor para que seamos uno en el mismo Espíritu Santo".
La unidad como fruto de la misericordia divina es el gran motivo para que el hombre de hoy crea en Jesucristo, el enviado del Padre celestial.
La Iglesia celebra la misericordia del Padre Bueno cuando comunica la gracia de la vida sacramental. En el bautismo hace feliz realidad el nuevo nacimiento y la filiación adoptiva, gracias a la Pascua del Señor Jesús, por medio de la cual hemos sido reconciliados con el Padre. En la confirmación el cristiano es fortalecido y enviado por el Espíritu Santo para dar testimonio del amor misericordioso del Padre que se ha manifestado en Jesús. En el sacramento de la penitencia el Padre de la Misericordia acoge al hijo que regresa consciente de su pecado, en actitud de conversión y de amor. En la Eucaristía Cristo une a todos sus discípulos por medio del Pan de Vida que es vínculo de la caridad y los compromete a vivir el amor en la práctica de las obras de misericordia en favor de los más débiles y desprotegidos. Por el Orden se regala a la Iglesia los ministros de la reconciliación y los responsables de la comunión. Cristo, Buen Samaritano, participa del dolor de las flaquezas y enfermedades del hombre y da las fuerzas para cumplir la voluntad de Dios por medio de la unción de los enfermos. El amor de los esposos es santificado en el matrimonio cristiano para que se apoyen mutuamente y sean signo del amor misericordioso y fiel de Dios con la humanidad.

Nuevo milenio invitación divina a la reconciliación
Estamos próximos a traspasar el umbral del tercer milenio, Este es un acontecimiento de especial importancia para nuestra fe. Son dos mil años de la presencia de Dios en la historia de la humanidad por medio de su Hijo encarnado en las entrañas de María la Virgen y por el poder del Espíritu Santo. Cumple así el Padre su promesa de una Nueva Alianza de amor y de misericordia. Cristo viene al mundo a reconciliarnos con su Padre. Estamos viviendo un tiempo de júbilo, que denomina Isaías como el año de gracia por la presencia del Mesías (Cf. Is 61,1-2).
El año jubilar desde sus mismos orígenes en el año sabático de los judíos es un tiempo propicio de libertad mediante la acción de la reconciliación y de la misericordia. Con ocasión del año jubilar la tierra que pertenece a Dios ha de reposar, los esclavos pueden obtener su libertad, el israelita recobra la posesión de la tierra de sus padres y hay una remisión de todas las deudas, según normas muy precisas.
Con Jesús llega la plenitud de los tiempos, Él es Señor de la historia, su principio y su cumplimiento. Así lo proclama la liturgia de la Vigilia Pascual en la bendición del cirio que simboliza a Cristo Resucitado: Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Cf. TMA 10).
El año 2.000 con el cual se inicia el nuevo milenio es motivo de gozo para toda la humanidad y en especial para la Iglesia. El Hijo de Dios se encarna para redimirnos, liberarnos del pecado, hacernos propiedad de Dios. Recobramos así nuestra antigua dignidad, volvemos a la casa paterna en condición de hijos. Todo esto se realiza gracias a la misericordia del Padre que nos ha reconciliado con Él por medio de su Hijo.
El año jubilar es, por tanto, un año de reconciliación como respuesta al Padre Dios cuya "misericordia, canta Santa María, llega a sus fieles de generación en generación" (Lc 1,50).
En una nación que termina el siglo dividida y destruida a causa de la violencia, el egoísmo, la ambición, la corrupción, la impunidad, la pérdida de valores auténticos, es especialmente urgente una Nueva Evangelización. Con humildad debemos confesar que nuestra fe no es coherente y que debido a eso el pecado ha sentado sus reales entre nosotros (Cf. TMA 33).
He aquí la misión de los evangelizadores y de los catequistas en Colombia a las puertas del nuevo milenio: ser anunciadores del amor misericordioso del Padre de Nuestro Señor Jesucristo y formadores en la virtud del perdón para vivir en nosotros la actitud del Padre que perdona nuestras ofensas y que nos exige perdonar a los enemigos. Solamente una auténtica conversión nos llevará a reconciliarnos con Dios, con nuestros hermanos y con la naturaleza misma y a convertirnos así en gestores de un país en paz. Colombia debe entender que los brazos del Padre están abiertos para recibir a esta hija que, al sentir todas las propias desgracias, ha comenzado a caer en cuenta que debe regresar a la casa paterna.
Debemos unir la enseñanza de Jesús que declara "bienaventurados a aquellos que trabajan por la paz" (Mt 5,9) con esta otra de "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Hoy nuestro país necesita del testimonio de mujeres y hombres misericordiosos que abran los caminos de una verdadera reconciliación nacional. La misericordia se constituye en todo un estilo de vida, en una característica esencial y continua de la vocación cristiana. Ella es la fuente más profunda de la justicia, del respeto a la dignidad de toda persona, es la fuerza para hacer un mundo más humano y para poder conformar verdaderas comunidades de amor.
"Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana, y en particular por el <hijo pródigo> (Cf. Lc 15,11-32). Esta peregrinación afecta a lo íntimo de la persona, prolongándose después a la comunidad creyente para alcanzar a la humanidad entera" (TMA 49).
La misión reconciliadora de la Iglesia ha de apoyarse en una oración permanente que sea "un grito a la misericordia de Dios" (DM 15) para que Él se compadezca de nuestra miseria y para que en su amor tengamos la fuerza para practicar la misericordia y para poder llegar a ser todos uno, a ejemplo de la divina Trinidad.
Con el salmista, y al comprender que hemos sido reconciliados gracias a la misericordia del Padre, debemos alabarlo y decir:
"Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía al Señor y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas, cura todas tus dolencias.
Él rescata tu vida de la fosa y te corona con su bondad y compasión.
Él te sacia de bienes en la adolescencia
y tu juventud se renueva como la de un águila.
El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos.
Enseñó su camino a Moisés y sus hazañas a los israelitas.
El Señor es compasivo y clemente, paciente y misericordioso.
No está siempre pleiteando ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata como merecen nuestros pecados
Ni nos paga según nuestras culpas.
Pues como se eleva el cielo sobre la tierra,
Así vence su misericordia a sus fieles.
Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre se estremece con sus hijos,
Así se enternece el Señor con sus fieles.
Pues él conoce nuestra condición
Y se acuerda de que somos barro"
(Sal 103, 1-14).
