InteractivoRecursosLibreríaMapaBoletínProgramaInstitución

 

Principal Eventos IV Congreso Ponencias

 

Eventos

Congresos

  VI Congreso
  V Congreso
  IV Congreso
  III Congreso
  II Congreso
  I Congreso

Asambleas Nacionales

  XIII- Asamblea Nacional de Delegados
  XII- Asamblea Nacional de Delegados

Pascua ESPAC

  2004
  2003
  2002

Eventos locales

  Segundo Taller Coordinadores 2004
  Primer Taller Coordi nadores 2004
  Nueva Sede de la ESPAC


Ponencias

La Reconciliación con Dios Padre Misericordioso (sábado 3 de julio)

Monseñor Fabio Suescún Mutis
Obispo de Pereira

"¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!" (2Co 1,3).

¿Quién es Dios?

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Cf. Gen 1,26), tiene en sí mismo un dinamismo hacia la perfección y hacia la sabiduría. En su curiosidad investiga sobre los datos de sus sentidos, trasciende su propia realidad, se da cuenta de que existe con otros y se plantea el interrogante de un Ser Superior: ¿Existe Dios? Y si existe ¿cómo es Dios?

Algunos no aceptan a Dios. Niegan de manera expresa que Dios exista o dicen que si existe, el entendimiento no puede tener acceso a la noción de lo absoluto. Sólo confían en los datos que la ciencia puede obtener por medio de lo sensible, de lo demostrable. Son los ateos y los agnósticos. Según el secularismo ateo el mundo se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios. "Dios resultaría pues superfluo y hasta un obstáculo" (EN 55).

Otros no se atreven a negar la existencia de Dios pero viven como si Dios no existiera. Para nada influye lo divino en sus decisiones y en sus comportamientos. A éstos se les denomina comúnmente como ateos prácticos. En verdad creen únicamente en las realidades terrenas y materiales.

Hay quienes afirman y demuestran que debe existir un Ser Supremo, superior a las criaturas, causa encausada, primer motor inmóvil, que tiene en sí la plenitud de todas las virtudes y calidades. Este es el Dios de los filósofos, aquel ser supremo que la persona humana puede percibir y reconocer con la sola reflexión de su inteligencia. Es un Dios que mantiene una distancia infinita con las criaturas. Entre Él y ellas no puede existir una verdadera relación más allá de la de una causa con su efecto.

La gran mayoría de las personas admiten a Dios. Experimentan un fuerte sentimiento religioso que surge de la misma naturaleza humana. El hombre primitivo es un hombre religioso que percibe en todo aquello que lo trasciende la presencia de un Ser Superior al cual adora, mantiene a distancia, trata de ganar para la propia causa. Este Dios es concebido y entendido de manera muy humana y distinta en las diversas religiones de la humanidad. Dios se disgusta, premia, castiga, con Él se puede negociar.

"Frecuentemente la religiosidad popular, a pesar de sus inmensos valores, no está purificada de elementos ajenos a la auténtica fe cristiana ni lleva siempre a la adhesión personal a Cristo muerto y resucitado" ( SD 39; Cf. EN 48).

Dios es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo

Para los hombres y mujeres de fe Dios ha dado el primer paso para dejarse conocer. Él se ha revelado. Es un Dios que se ha manifestado a través de todo su actuar en favor de la criatura humana que Él ha colocado como centro de toda la creación y a la cual ha llamado para compartir su amistad y felicidad. El creyente acepta a Dios como su Señor, Él es el primero y el centro de la existencia. En Él ha de ponerse toda confianza, Él merece todo honor y toda gloria y el cumplimiento de su voluntad es la regla de la propia vida. La plenitud de la revelación de Dios ha llegado con Jesús de Nazaret: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado" (Hb 1, 1-4).

Nuestra fe cristiana confiesa que el Hijo de Dios se encarnó en las entrañas de la Virgen María y por el poder del Espíritu Santo para que nosotros pudiéramos conocer a Dios. Nosotros creemos en el Dios que nos ha revelado Jesús y ese Dios es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Para Jesús el Dios verdadero es su Padre. "Por eso los judíos trataban con mayor empeño en matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios" (Jn 5,18).

Jesús es el escogido para que el Padre se comunique. Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y nadie conoce al Hijo sino el Padre. Es un conocimiento exclusivo y recíproco. El Hijo revela su Padre a los pequeños y no a los sabios e inteligentes (Cf. Mt 11,25-27). El Hijo es imagen del Padre porque de Él ha recibido el ser. Felipe le pide a Jesús que les dé a conocer su Padre y el Maestro responde: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9). El Hijo forma una unidad con el Padre, aún permaneciendo distinto como persona: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos creedlo por las obras" (Jn 14,11).

Jesús es el único mediador entre el Padre y la humanidad, el enviado por el Padre al mundo para realizar la obra de la salvación: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,16-17; Cf. Jn 5,36; 6,44.57; 8,16.18; 10,36; 11,43; 12,49; 14,24.26; 17,3.8.18.21.23.25; 20,21).

El Padre declara que Jesús es su Hijo amado (Cf. Mc 1,11), el predilecto (Cf. Lc 9,35). El Mesías es el "elegido-amado", que deberá cumplir la misión salvífica con humildad y dolor (Cf. Is 42,1). Jesús es el Hijo propio, lo cual significa comunión y pertenencia recíproca en el ser y en el amor. Jesús es el Hijo único y verdadero de Dios.

Jesús mostró siempre una disponibilidad filial y obediente. La mentalidad terrena del mundo, expresada en las tentaciones ofrecidas por Satanás en el desierto, no lo separan de lo único que para Él es importante, hacer la voluntad del Padre. El permanece hasta el fin, fiel al proyecto divino. Es el Hijo sumiso y siervo obediente hasta la muerte (Cf. Lc 22,42-44).

Jesús es el don más grande que ha hecho el Padre. A través de la persona de Cristo, de manera particular en la hora de la cruz, el Padre manifiesta su amor: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3,16). La vida eterna consiste en conocer al Padre como el único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo (Cf. Jn 17,3). La humanidad en Cristo ha sido llamada de las tinieblas a la luz, ha sido liberada de toda esclavitud y ha sido hecha partícipe de la filiación divina (Cf. Jn 1,12).

Jesús actúa con el Padre y sin el Padre no puede hacer nada. Él dice y hace lo que ha oído y conocido a través del Padre (Jn 5,19-20).

En la oración Jesús vive intensamente la comunión con su Padre y encuentra la claridad y la fuerza necesarias para el cumplimiento de su misión. En la oración Jesús se relaciona con Dios llamándolo "Abbá", una expresión infantil, un balbuceo, que estaba, según los judíos, en contraposición con el respeto debido a la trascendencia de Dios. Mientras que enseña a sus discípulos a dirigirse a Dios diciendo "Padre Nuestro", Él llama a Dios "Padre mío". Esto indica la especial relación que une a Jesús con su Padre que es Dios. No puede confundirse esta relación con la de los hombres con Dios.

La vida de Jesús es una vida de tensión hacia el Padre. De Él ha venido y a Él debe regresar por medio de la exaltación y de la glorificación: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1), Jesús debe llevar a la casa de su Padre a todos los que creen en Él (Cf. Jn 14,3).

Dios es Padre de amor que da la vida y llama a la felicidad

Quien entra en el misterio de Dios Padre se encuentra necesariamente con la realidad humana de la paternidad. Los padres de esta tierra pueden acercarnos o pueden convertirse en obstáculo para aceptar la paternidad de Dios. La cercanía, ternura, responsabilidad, atención y demás virtudes de nuestros padres nos llevan a entender mejor la bondad del Padre del Cielo. El abandono, el autoritarismo, la ausencia, el mal ejemplo de algunos padres crean barreras para sentirnos de verdad acogidos y amados por nuestro Padre Dios.

Es más pedagógico partir del rostro de Dios que nos ha dado Jesús para llegar a entender cómo debe ser ejercida la paternidad por los padres y madres de este mundo ya que la verdadera imagen de Dios Padre es la que nos ha revelado plenamente su Hijo Jesucristo.

San Juan, el discípulo predilecto que vivió la intimidad del conocimiento del Maestro, nos dice que Dios es Amor: "Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 7-11).

El Dios Amor nos ha llamado a la vida para que compartamos su felicidad. Toda la creación está puesta al servicio de la criatura humana y puesta bajo su administración (Cf. Gn 1,26-31).

Dios no quiere la muerte de su criatura preferida, sino que viva y viva en plenitud. Él ha enviado a su Hijo para que tengamos vida en abundancia. Jesús nos trae palabras de vida eterna (Cf. Jn 6,68). Él es el Pan de Vida, quien se alimente del Cuerpo y de la Sangre de Cristo vivirá para siempre (Cf. Jn 6,54) y la vida eterna consiste en conocer a Jesucristo (Cf. Jn 17,3).

El Padre Dios ha tomado siempre la iniciativa del amor y continuamente nos llama a una vida feliz.

El Dios Padre ha engendrado a su Hijo único y los dos viven unidos en el amor de un solo Espíritu. Es el Dios comunión y familia que quiere llamar a todos los hombres a ser hermanos y a participar de su Reino (Cf. Jn 3,5). No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre¡ (Rm 8,15). Si somos hijos de Dios, también hemos sido hechos partícipes de su santidad y hemos sido colocados en el camino de la perfección: "Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,48).

Dios Padre tiene entrañas de ternura: "como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré" (Is 66,13). Una mujer podrá olvidar el fruto de sus entrañas, pero eso jamás lo hará Dios con nosotros. Él hace de Israel el pueblo de su propiedad y lo sella con una alianza a la cual permanece siempre fiel: "Ahora, así dice Yahvé tu creador, Jacob, tu plasmador, Israel. No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán" (Is 43, 1-2).

Dios Padre conoce nuestras necesidades nos cuida con providencia, quiere nuestro crecimiento, nos guía y corrige cuando nos separamos de su proyecto (Cf. Mt 6, 25-34).

El pecado rechazo del hombre al amor de Dios

Dios nos hizo inteligentes y libres para poder establecer una verdadera relación de amor con nosotros. Ha querido que nosotros de manera voluntaria correspondamos a su caridad y entremos en su proyecto de salvación. La libertad es un don de Dios que nos permite aceptar o rechazar el amor de Dios. Dios no obliga, ni impone su voluntad a la fuerza, no nos secuestra para ser su propiedad.

La libertad humana fundamentalmente es la disposición para responder con generosidad al amor, pero lleva en sí el riesgo de la desobediencia. Satanás con mentira puso la tentación a nuestro orgullo y logró convencer a los primeros padres con el argumento de que violando el precepto divino podrían alcanzar la felicidad, ser como dioses, señores del bien y del mal (Cf. Gn 3,4-5). El demonio ocultó la consecuencia funesta del pecado: la división del hombre en su interior, con su prójimo, con la naturaleza.

El pecado fundamentalmente consiste en querer construir la vida, en pretender ser fuertes y poderosos sin Dios o incluso contra Dios (Cf. RP 14). El pueblo hebreo se dejó fascinar por el encanto y la fuerza de los dioses de pueblos extranjeros y los judíos cayeron en la trampa de la autojustificación por el simple cumplimiento de la ley, dejando de lado el señorío del Señor en su corazón. Este es el misterio del pecado, el misterio de la iniquidad.

El Señor Jesús como Buen Maestro nos describe las actitudes del hombre pecador en la personalidad y comportamiento de los hijos en la parábola del Padre Misericordioso (Cf. Lc 15, 11-32). Ahí está reflejado nuestro pecado, el de origen y el de siempre. En una palabra se puede decir que en la parábola los dos hijos no se sienten bien en la casa del padre.

El hijo menor se siente incómodo. Quiere ser feliz pero lejos de su hogar. Abandona a su padre, a su hermano, y su ambiente familiar para buscar su realización en un país lejano que le ofrecía la aventura de ser autónomo, de no tener que dar cuentas a nadie, de poder gozar a sus anchas con los amigos, de gastar a su antojo lo que su padre había trabajado para él. El joven, ávido de otras experiencias que se le presentaban atractivas, tenía afán por ser señor de su vida, de vivir a su manera. Quería estar lejos, vivir en el mundo, cambiar de vida, hacer lo que le venía en gana.

El hijo mayor, aparentemente más reposado y obediente, tampoco se sentía bien con la vida que llevaba. Aunque estaba en la misma casa estaba muy lejos de su Padre. Es un hijo triste, frustrado, amargado. Su corazón está lleno de resentimientos, de celos, de cólera. No es feliz. Es un incomprendido porque su padre, según él, no le ha reconocido sus méritos de fidelidad, de obediencia, de trabajo juicioso. Con su hermano no admite comparación y lo condena duramente. Más aún no lo reconoce como miembro de su familia. Es incapaz de gozar con su regreso, y la envidia y el orgullo lo llevan a atacar a su Padre. No quiere entrar a la casa y el padre va a tener que escoger entre los dos: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él un novillo cebado" (Lc 15, 29-30).

Dios Padre rico en misericordia

El Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo no es el Dios terrible y castigador. Su justicia es ante todo la manifestación de su infinita misericordia con quien quiere volver a él después del destierro o secuestro del propio pecado.

El joven hijo aventurero, después de haber caído tan hondo, toma conciencia de estar lejos de la casa del padre y del falso encanto de su viaje por tierra extranjera. Se da cuenta de que se pasa mejor en la casa paterna, siente que ha perdido su condición de hijo por su actitud egoísta, vence el miedo de acercarse a su Padre y prepara su confesión: "Pequé contra el cielo y contra ti" (Lc 15,18).

Sin duda que Jesús en esta parábola nos quiso entregar el rostro misericordioso de su Padre. Cada rasgo de la personalidad de ese padre tiene una proyección de bondad, de ternura, de cercanía. Después de leer esta parábola puede uno acercarse al misterio del amor de Dios que entregó a su Hijo por nosotros: "la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8).

El padre ha llamado a sus dos hijos a la vida y ha trabajado para que ellos estén bien en casa. Es rico en bienes y es un hombre generoso con los suyos y con sus jornaleros a quienes da pan en abundancia. Tiene una paciencia que llama la atención porque no es común. Accede a la petición irreverente del hijo menor que no puede esperar a que su padre muera para poder comenzar a gastar la herencia, respeta la voluntad del hijo irresponsable y no lo obliga a quedarse en la casa a la fuerza. Aunque le duele en lo más profundo del corazón la salida de su hijo, sabe esperar. Entiende que el hijo tarde o temprano se va a convencer de que no hay como la casa propia y que algún día volverá. Por eso cuando se acerca el hijo perdido, lo ve de lejos y se emociona. Corre a acogerlo, lo abraza y lo besa efusivamente. El muchacho seguirá siempre siendo su hijo por eso inmediatamente lo integra a la vida de la casa y celebra el regreso con alegría y haciendo una gran fiesta.

También atiende al hijo mayor que quiere complicar las cosas y le suplica que entre a compartir el regocijo del retorno de su hermano, que no se quede afuera, pues lo que él quiere es ver a sus hijos reunidos y compartiendo juntos el calor del hogar.

El padre no se guarda nada para sí, no vive preocupado por sí mismo. Lo entrega todo para el bien de sus hijos. No hace reproches. Da un perdón incondicional. No reclama nada para sí porque su corazón está libre de egoísmo.

Podría afirmarse que en esa parábola Jesús nos dice: Este es mi Padre, así actúa, así es Él. Un Padre rico en misericordia por ser el Dios del Amor. Un Padre, que quiere a sus hijos libres para vivir en el amor, que sabe esperar, que se estremece ante nuestra miseria, que se compadece de nuestras desgracias, que está siempre dispuesto a la reconciliación y al perdón porque para Él nunca dejamos de ser sus hijos y que cuando regresamos a Él su corazón se llena de gozo: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (Lc 15, 7). El perdón para el Padre Dios es un nuevo nacimiento: "Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo por la gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2, 4-6).

En Cristo hemos sido reconciliados con el Padre

Quien escucha las palabras de Jesús y ve sus obras, conoce al Padre de los Cielos: "¿No crees, le responde Jesús a Felipe, que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras" (Jn 14,10).

Jesús revela el misterio del Padre y de su amor misericordioso. La misericordia divina en el Antiguo Testamento se expresa por medio de los términos hesed y rahamin. Hesed indica una actitud profunda de "bondad". Es el amor que es fiel a un compromiso interior y recíproco. Rahamin denota el amor de la madre, el vínculo más profundo originario que ella establece con la criatura de sus propias entrañas. Dios Padre ha permanecido fiel en su amor y en su promesa, a pesar de nuestra rebeldía y su amor procede de que en Él hemos sido llamados a una existencia feliz. Cristo mismo encarna la misericordia y la personifica. "Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente <visible> como Padre <rico en misericordia>" (DM 2 ).

La principal miseria de la criatura es el pecado que lo separa de Dios, por eso Cristo que se compadece de nuestras limitaciones, anuncia la Buena Noticia, enseña, cuida y guía como Buen Pastor a su rebaño, cura toda clase de dolencias y enfermedades (Cf. Mt 9,35), libera del poder de Satanás y busca a los pecadores. Y esto último le crea muchos problemas. "Los fariseos y escribas murmuraban, diciendo: <Éste acoge a los pecadores y come con ellos>" (Lc 15,2).

Él había venido a buscar las ovejas descarriadas porque no son los sanos los que requieren del médico, sino los enfermos. Él invitaba a acogerse a la bondad y a la misericordia de Dios diciendo: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso" (Mt 11,28). Cuando sufre en la cruz abre las puertas del paraíso a un ladrón e implora el perdón para sus enemigos: "Padre, perdónalos, no saben lo que hacen" (Lc 23,34).

Jesús veía a las gentes y se conmovía porque estaban extenuadas y abandonadas, <como ovejas que no tienen pastor>" (Mt 9,36).Él, Siervo de Yahvé, asume nuestros pecados. "A quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Co 5,21).

La humanidad toda regresa en la persona de Cristo a la casa paterna. Él asume al hijo que tiene el dolor en su corazón porque se ha dejado hechizar por el deseo de una vida independiente y al hijo mayor, egoísta y celoso, que no sabe sino de méritos y reconocimientos. Él se acerca a la cruz tomando sobre sí todos nuestros dolores. En la pasión, crucifixión y muerte de Jesús se manifiesta el amor del Padre que en su Hijo nos acoge a todos y demuestra que el amor es más fuerte que la muerte. Este es el cordero inmolado cuyo sacrificio es grato a Dios porque ha cumplido la voluntad del Padre. "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 5,10).

"La cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consubstancial al Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre; el encuentro del pecado y de la muerte" (DM 8).

Es el Padre quien ha tomado la iniciativa de reconciliarnos en su Hijo. "La reconciliación es principalmente un don del Padre celestial" (RP 5). Zacarías ante el nacimiento del Precursor profetizó y dijo: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79).

Hemos sido abrazados por el Padre Dios, acogidos nuevamente en la casa y vestidos con el traje de fiesta. Este es el sentido de la resurrección de Cristo, en quien hemos sido glorificados y quien nos ha abierto la gloria del cielo. En la Pascua queda sellada la Nueva Alianza y se nos comunica el Espíritu Divino que nos hace santos para Dios.

"La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad que viene de Dios. De este modo la redención comporta la revelación de su misericordia en su plenitud" (DM 7).

La reconciliación que lleva a la comunión

El hijo pródigo vuelve a casa de su padre, descubre su condición de hijo y se convierte él mismo en padre. El hijo heredero se convierte en sucesor. En el Hijo de Dios regresamos al Padre y Él nos acoge con el amor del Padre de los Cielos.

El padre en la parábola de San Lucas hace una fiesta para el hijo que ha regresado, mata el ternero cebado para que lo coma con sus amigos y ruega al hijo mayor para que se integre al banquete. El padre quiere la unidad familiar.

Cristo Jesús al morir por nosotros nos invitó a todos a participar de la mesa del Padre. La Eucaristía es el memorial de su Pascua. Los tiempos mesiánicos se caracterizan por la abundancia de alimentos y bebidas, servidos de manera gratuita (Is 25,6-9). La boda de los amigos en Caná de Galilea es el primer signo de la presencia del Reino de Dios, con la alegría del vino nuevo (Cf. Jn 2,1-11). Al final de los tiempos tendrá lugar el banquete feliz de las bodas del Cordero: "Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concebido vestirse de lino deslumbrante de blancura" (Ap. 19, 7-8). El amor vencerá y se establecerá el Reino de la vida, vendrán "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21,1). El banquete es comunión alegre de quienes se pueden sentar a la misma mesa y gozar de la generosidad del anfitrión celestial.

El pecado es rebeldía, desobediencia y orgullo que llevan a la confrontación, a la separación y que crea la división. Adán se esconde de Dios y culpa a Eva su mujer. Caín rompe con el asesinato fratricida la relación familiar de amor y de vida. La tierra se vuelve hostil para el hombre y las gentes que pretendían de manera soberbia construir una torre que llegara hasta el cielo terminan sin entenderse (Cf. Gn 3.4;11.1-9).

Por la redención de Cristo los que estabamos alejados de Dios, y en virtud de su sangre, estamos ahora cerca. Él es nuestra paz. "Por medio de la cruz, dando muerte en su persona a la hostilidad, Cristo Jesús reconcilió a los dos pueblos, haciéndolos un solo cuerpo. Vino y anunció la paz a vosotros, los lejanos, la paz a los cercanos. Ambos, con el mismo Espíritu y por medio de El, tenemos acceso al Padre" (Ef 2, 16-18).

La reconciliación con Dios es fortalecimiento de los vínculos que unen al hombre desde su interior con Dios, con sus hermanos y con la naturaleza. Jesús pide insistentemente a su Padre la unidad como don propio de los que crean en Él: "que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21). El Espíritu Santo que da Jesús es la fuerza de Dios que crea la unidad en el amor. Todos en el día de Pentecostés, aunque hablan lenguas distintas, escuchan y entienden el testimonio de los apóstoles (Cf. Hch 2,6).

Vocación de la Iglesia a la reconciliación y a la comunión

La Iglesia de Cristo está llamada al anuncio de la reconciliación que se ha obrado gracias a la misericordia que el Padre nos ha manifestado por medio de la oblación de su Hijo Jesús. La Iglesia es signo de comunión y de reconciliación. Ella es "en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1).

La Iglesia "debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, cual nos ha sido transmitida por la revelación" (DM 13) y, por esta razón, está llamada a crear la comunidad. Esta es la Buena Noticia que debe anunciar la Iglesia y procurar vivirla en su vida interior y en su misión en el mundo: "Que Dios es Padre Bueno que nos ama, que es Padre de Misericordia y que nos ha reconciliado por medio de su Hijo Jesucristo el Señor para que seamos uno en el mismo Espíritu Santo".

La unidad como fruto de la misericordia divina es el gran motivo para que el hombre de hoy crea en Jesucristo, el enviado del Padre celestial.

La Iglesia celebra la misericordia del Padre Bueno cuando comunica la gracia de la vida sacramental. En el bautismo hace feliz realidad el nuevo nacimiento y la filiación adoptiva, gracias a la Pascua del Señor Jesús, por medio de la cual hemos sido reconciliados con el Padre. En la confirmación el cristiano es fortalecido y enviado por el Espíritu Santo para dar testimonio del amor misericordioso del Padre que se ha manifestado en Jesús. En el sacramento de la penitencia el Padre de la Misericordia acoge al hijo que regresa consciente de su pecado, en actitud de conversión y de amor. En la Eucaristía Cristo une a todos sus discípulos por medio del Pan de Vida que es vínculo de la caridad y los compromete a vivir el amor en la práctica de las obras de misericordia en favor de los más débiles y desprotegidos. Por el Orden se regala a la Iglesia los ministros de la reconciliación y los responsables de la comunión. Cristo, Buen Samaritano, participa del dolor de las flaquezas y enfermedades del hombre y da las fuerzas para cumplir la voluntad de Dios por medio de la unción de los enfermos. El amor de los esposos es santificado en el matrimonio cristiano para que se apoyen mutuamente y sean signo del amor misericordioso y fiel de Dios con la humanidad.

Nuevo milenio invitación divina a la reconciliación

Estamos próximos a traspasar el umbral del tercer milenio, Este es un acontecimiento de especial importancia para nuestra fe. Son dos mil años de la presencia de Dios en la historia de la humanidad por medio de su Hijo encarnado en las entrañas de María la Virgen y por el poder del Espíritu Santo. Cumple así el Padre su promesa de una Nueva Alianza de amor y de misericordia. Cristo viene al mundo a reconciliarnos con su Padre. Estamos viviendo un tiempo de júbilo, que denomina Isaías como el año de gracia por la presencia del Mesías (Cf. Is 61,1-2).

El año jubilar desde sus mismos orígenes en el año sabático de los judíos es un tiempo propicio de libertad mediante la acción de la reconciliación y de la misericordia. Con ocasión del año jubilar la tierra que pertenece a Dios ha de reposar, los esclavos pueden obtener su libertad, el israelita recobra la posesión de la tierra de sus padres y hay una remisión de todas las deudas, según normas muy precisas.

Con Jesús llega la plenitud de los tiempos, Él es Señor de la historia, su principio y su cumplimiento. Así lo proclama la liturgia de la Vigilia Pascual en la bendición del cirio que simboliza a Cristo Resucitado: Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Cf. TMA 10).

El año 2.000 con el cual se inicia el nuevo milenio es motivo de gozo para toda la humanidad y en especial para la Iglesia. El Hijo de Dios se encarna para redimirnos, liberarnos del pecado, hacernos propiedad de Dios. Recobramos así nuestra antigua dignidad, volvemos a la casa paterna en condición de hijos. Todo esto se realiza gracias a la misericordia del Padre que nos ha reconciliado con Él por medio de su Hijo.

El año jubilar es, por tanto, un año de reconciliación como respuesta al Padre Dios cuya "misericordia, canta Santa María, llega a sus fieles de generación en generación" (Lc 1,50).

En una nación que termina el siglo dividida y destruida a causa de la violencia, el egoísmo, la ambición, la corrupción, la impunidad, la pérdida de valores auténticos, es especialmente urgente una Nueva Evangelización. Con humildad debemos confesar que nuestra fe no es coherente y que debido a eso el pecado ha sentado sus reales entre nosotros (Cf. TMA 33).

He aquí la misión de los evangelizadores y de los catequistas en Colombia a las puertas del nuevo milenio: ser anunciadores del amor misericordioso del Padre de Nuestro Señor Jesucristo y formadores en la virtud del perdón para vivir en nosotros la actitud del Padre que perdona nuestras ofensas y que nos exige perdonar a los enemigos. Solamente una auténtica conversión nos llevará a reconciliarnos con Dios, con nuestros hermanos y con la naturaleza misma y a convertirnos así en gestores de un país en paz. Colombia debe entender que los brazos del Padre están abiertos para recibir a esta hija que, al sentir todas las propias desgracias, ha comenzado a caer en cuenta que debe regresar a la casa paterna.

Debemos unir la enseñanza de Jesús que declara "bienaventurados a aquellos que trabajan por la paz" (Mt 5,9) con esta otra de "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Hoy nuestro país necesita del testimonio de mujeres y hombres misericordiosos que abran los caminos de una verdadera reconciliación nacional. La misericordia se constituye en todo un estilo de vida, en una característica esencial y continua de la vocación cristiana. Ella es la fuente más profunda de la justicia, del respeto a la dignidad de toda persona, es la fuerza para hacer un mundo más humano y para poder conformar verdaderas comunidades de amor.

"Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda criatura humana, y en particular por el <hijo pródigo> (Cf. Lc 15,11-32). Esta peregrinación afecta a lo íntimo de la persona, prolongándose después a la comunidad creyente para alcanzar a la humanidad entera" (TMA 49).

La misión reconciliadora de la Iglesia ha de apoyarse en una oración permanente que sea "un grito a la misericordia de Dios" (DM 15) para que Él se compadezca de nuestra miseria y para que en su amor tengamos la fuerza para practicar la misericordia y para poder llegar a ser todos uno, a ejemplo de la divina Trinidad.

Con el salmista, y al comprender que hemos sido reconciliados gracias a la misericordia del Padre, debemos alabarlo y decir:

"Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía al Señor y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas, cura todas tus dolencias.
Él rescata tu vida de la fosa y te corona con su bondad y compasión.
Él te sacia de bienes en la adolescencia
y tu juventud se renueva como la de un águila.

El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos.
Enseñó su camino a Moisés y sus hazañas a los israelitas.
El Señor es compasivo y clemente, paciente y misericordioso.

No está siempre pleiteando ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata como merecen nuestros pecados
Ni nos paga según nuestras culpas.

Pues como se eleva el cielo sobre la tierra,
Así vence su misericordia a sus fieles.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre se estremece con sus hijos,
Así se enternece el Señor con sus fieles.
Pues él conoce nuestra condición
Y se acuerda de que somos barro"

(Sal 103, 1-14).

Ponencias

La Reconciliación con Dios Padre Misericordioso
  ¿Quién es Dios?
  Dios es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo
    Dios es Padre de amor que da la vida y llama a la felicidad
    El pecado rechazo del hombre al amor de Dios
    Dios Padre rico en misericordia
    En Cristo hemos sido reconciliados con el Padre
    La reconciliación que lleva a la comunión
    Vocación de la Iglesia a la reconciliación y a la comunión
    Nuevo milenio invitación divina a la reconciliación

Buscar en la ESPAC:
 

 
[
Principal ]  [ Institución ] [ Programa ] [ Eventos ] [ Boletín ] [ Recursos ] [ Librería ] [ Interactivo ] [ Mapa ]

 

 ©2001 2002 Escuela Parroquial de Catequistas
Actualizado: 2/16/05 - webmaster